“Al día siguiente, al oír que Jesús venía a Jerusalén, grandes multitudes que habían venido a la fiesta tomaron ramas de palmera y salieron a recibirlo. Y clamaban: «¡Hosanna!¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!» (Juan 12:12-13).
Recuerdo que cuando era niño, la Semana Santa me dejaba una tristeza que no sabía explicar. El Domingo de Ramos, en particular, me resultaba desconcertante. ¿Cómo podía la gente alabar a Jesús con palmas y luego condenarlo con gritos de desprecio? Había en esa mezcla de júbilo y traición algo que me dolía profundamente.
Un día reuní el valor para decírselo a mi abuela, una mujer de fe sencilla y firme. Le confesé cuánto me molestaba la hipocresía de aquella multitud. Ella me miró con ternura y me dijo: —Tienes razón, hijito. Es duro ver tanta contradicción. Pero quédate con esto: aunque el camino se torne oscuro, sigue al Señor con fe, pues -al final- Él te dará la victoria.
Con los años, entendí mejor sus palabras. Aquella escena en Jerusalén comenzó a revelarme su verdadera profundidad. El entusiasmo del pueblo era contagioso: palmas alzadas, gritos de “¡Hosanna!”. Pero pocos comprendían quién era ese Rey humilde, montado en un burro. No buscaban un Salvador del alma, sino un libertador político. Esperaban que se enfrentara a Roma, no al pecado que los gobernaba desde dentro.
Hoy también nosotros agitamos nuestras “ramas”, que son nuestras expectativas, temores, o planes. Y cuando Jesús no actúa como esperamos, ¿lo reconocemos por quien realmente es? ¿O lo seguimos solo mientras cumpla nuestras condiciones? El Señor no solo merece palmas y cantos: merece todo nuestro corazón rendido en fe y obediencia. Jesús, el Rey, tomó por trono una cruz, y allí venció la muerte para darnos a nosotros la victoria de la salvación.
Para reflexionar
Señor Jesús, abre mis ojos para reconocerte como el Rey humilde que vino a salvarme, y transforma mi corazón para adorarte en todo momento. Amén.


